jueves, 3 de septiembre de 2009

Lo que nos hace dignos del nombre de ser arquitectos

El primer diccionario de nuestro idioma, "Tesoro de la Lengua Castellana o Española" (1611), de Sebastián Covarrubias y Horozco, define la voz "arquitecto" de esta manera: "aquel que dibuja las trazas y las elevaciones de los edificios, concibiéndolo todo ello previamente en su entendimiento". El arquitecto actual es un profesional que disfruta de razonable consideración social extensible a las restantes profesiones libres. El sociólogo Amando De Miguel sostiene que las encuestas más solventes muestran cómo la opinión pública concede a los profesionales de hoy una elevada credibilidad.
Pienso que esto es así por las notas que distinguen el desenvolvimiento de la actividad de los profesionales con relación al ámbito de la empresa y el de las administraciones. Éstas son: la prevalencia de la razón científica, la existencia de un Código Deontológico y la subordinación del lucro a la bondad del servicio. Así como al buen cirujano interesa más la vida del paciente que su propio beneficio, el buen arquitecto se afana por ofrecer auténtica belleza ("esplendor de la verdad", según Platón, San Agustín, Santo Tomás y Joyce), la de la grúa y la bicicleta; la del edificio funcional y racional.
Por demás, la arquitectura española es uno de los valores más cotizados allende nuestras fronteras, lo prueba el éxito, en el MOMA neoyorquino, de la exposición "On Site. New Architecture in Spain" (2006). No es novedad, ya en 1958 el Pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas, de Corrales y Molezún, llamó la atención mundial acerca de la excelente arquitectura que podía exportar un país aún sumido en la precariedad económica y social.
El conocido crítico inglés Kenneth Frampton sostiene que el prestigio de la arquitectura española, se debe a la calidad de dos instituciones modélicas: las Escuelas de Arquitectura y los Colegios de Arquitectos. Refiriéndose al Colegio de Cádiz, los profesores sevillanos José Ramón Moreno y Félix de la Iglesia escriben en octubre de 2000: "... Cádiz nos encandila, y con ello evitamos espasmos dolorosos, tortícolis producidas de tanto mirar a Barcelona o Madrid..." (Diario de Sevilla, 12/10/2000). Aquel artículo, como tantos otros que han podido leerse en publicaciones generales y especializadas, no se refiere sólo al Colegio, sino, y sobre todo, al excelente nivel de la arquitectura y el urbanismo que se han producido durante los últimos años en nuestra provincia.
Todo esto y mucho más, es puesto en solfa por un ciudadano que, si bien tiene estudios de arquitectura, nunca ejerció la profesión de arquitecto. Algo digno y razonable; la formación que proporcionan las escuelas españolas de arquitectura es extensa y excelsa. Hace pocos años, un periódico francés promovió un estudio sobre enseñanza que concluía relacionando las veinte instituciones de mayor calidad dentro de la Comunidad Europea y entre ellas se citaban dos centros españoles: la Escuela de Arquitectura de Madrid y la de Barcelona. Lástima que el articulista haya olvidado la fina agudeza crítica que pudieran haberle enseñado sus profesores y compañeros y elija el ejercicio de la provocación al modo de Leo Bassi.
Su artículo de opinión del martes 25 de agosto resulta particularmente injusto con los arquitectos de la provincia. También con los responsables institucionales, sólo se produce buena arquitectura cuando los poderes públicos la demandan e impulsan. En el año 2003 tuve el honor de participar en el jurado del Premio Bienal de Arquitectura Española que concede Fomento en colaboración con el Consejo de Colegios. De entre los diez finalistas, cuatro eran obras de Cádiz y proyectadas por arquitectos de nuestra provincia. El articulista no debe gastar demasiado en revistas especializadas, de lo contrario, compartiría mi satisfacción por la frecuencia con que se publican obras de nuestros colegas. Lo más reciente, la monografía dedicada al exquisito trabajo de Rafael Otero por la prestigiosa publicación "Documentos de Arquitectura" (nº 65, de noviembre 2008).
No se entiende actitud tan hosca en persona que vive la ciudad de Cádiz, en la cual la densidad de buena arquitectura reciente es más que notable. Cito relación de obras de muy alto nivel, todas ellas edificadas en nuestra ciudad durante los últimos cinco años: Nuevo Estadio Carranza, de Francisco Reina; Tesorería de la Seguridad Social, de Rafael Otero; Parque de Bomberos, de Víctor Gómez y Concha Lapayese; Espacio Entre Catedrales, de Alberto Campo Baeza; Mercado de Abastos, de Carlos Riaño; Rehabilitación de la Casa Fragela, de Juan Jiménez Mata; Colegio Reyes Católicos, de Ramón Pico y Javier López; Salus Infirmorum, de Javier Montero; Piscina Astilleros, de Fernando Mejías; Polideportivo del Casco Antiguo, de Ramón González de la Peña; Teatro Tía Norica, de Sánchez del Pozo; Centro Municipal de Arte Flamenco, de José Luis Curado; Cuartel de la Policía Municipal, de Ernesto Martínez y Alejandro Jones; Casa Castro, de Tomás Carranza; Oficina de Rehabilitación, de Fernando Visedo; Biblioteca de Guillén Moreno, de Manuel Navarro; Casa del Plátano, de Morales, Giles y Mariscal; Casa de Juan Paje, de José Luis Bezos; Viviendas en el Barrio Santa María, de Carrascal y De La Puente. La relación no es exhaustiva.
Por eso, a nuestra ciudad llegan profesionales y estudiosos de todo el mundo, no sólo a disfrutar su bello centro histórico, sino también a conocer nuestra excelente arquitectura contemporánea. Lo sé porque frecuentemente me toca hacer de cicerone. Acostumbro a finalizar el recorrido en La Manzanilla, como consecuencia de lo cual, se han publicado en algunas revistas de arquitectura reportajes acerca del establecimiento y de sus exquisitos caldos, el último en la argentina "Summa +".
Ante este panorama, sería deseable que las críticas se ejercieran de manera más seria y documentada. Termino mi réplica mediante unos versos del poeta y arquitecto Luis Felipe Vivanco: "Sabemos demasiado, pero siempre es preciso/ que unos pobres peldaños nos dejan a la puerta/ de alguien entre sus viejas herramientas, cantando./ Mañana, su ignorancia nos hará mil preguntas. / Por un lado, programas, preparación, exámenes,/ lo que tiene raíces y error de tantos siglos. / Por otro lado, un mínimo de acierto de repente,/ ¡lo que nos hace dignos del nombre de arquitectos!".